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El show de Félix. El juego consiste en no dejar de soñar.
2006 |
David
Barro
Comisario y
crítico de arte
Comienzo a escribir estas líneas directamente, con la única
impertinencia de una fotografía austera, donde Félix Fernández
viste una camiseta blanca y una nariz golpeada (u operada), al tiempo
que confiesa en voz alta y por escrito, ser sensible a la belleza. La
imagen resulta rotunda, efectiva y, seguramente, a partir de ella se podrían
revelar sus secretos que no son secretos sino verdades que entiendo, necesitan
transpirar.
La foto esconde la tristeza que se guarda tras una nariz de payaso o la
soledad pos parto de la celebridad, del éxito desmedido. Siempre
necesitamos más para salir, una vez más, en las revistas
del corazón, o para ser como pensamos que los demás quieren
que seamos. Y esa es una buena razón para partirnos la cara, y
por los dos lados.
En otra ocasión, me referí a los trabajos de Félix
Fernández como documentos sociológicos de una conducta determinada
y como oposición a la imposición, como búsqueda de
un sentido. Para esa búsqueda Félix Fernández no
se camufla como un flâneur. Al contrario, se exhibe hasta el exceso,
se desdobla, se multiplica, se deconstruye. Algo así como en Trash
de Joe Dallesandro, se exhibe perfecto para entender que la búsqueda
es la espera.
En su fotografía Sensible a la belleza, Félix Fernández
espera orgulloso convencido de su belleza, como aquella mítica
Ofelia en el retrato de Millais, que flota viva (nunca ahogada, señaló
Mallarmé) ante el desastre convertido en paisaje idílico.
‘¡Oh, pálida Ofelia, bella como la nieve!’, la
describe Rimbaud. Como en el show de Félix, todo consiste en no
dejar de soñar.
Pensemos en por qué los niños pequeños no quieren
irse a dormir o los borrachos se obstinan en continuar ante la utopía
de una noche eterna. El deseo de poder seguir mirando, soñando,
lo mueve todo a modo de necesidad extrema, como el sonámbulo que
debe seguir soñando para no precipitarse al suelo, que diría
Nietzsche. Para Félix Fernández despertar de esa suerte
de sueño permanente, de esa euforia representada, significaría
caer al suelo como en su hombre-perro, retorcido sobre sí mismo,
agonizando en su sexualidad arruinada por otros. Por eso Félix
continúa sensible a la belleza, con ademán impasible, orgulloso.
Y es que toda su obra escora desde ese conflicto entre el individuo y
la sociedad, para acabar activando una verdad caleidoscópica de
sentimientos que roza la esquizofrenia visual.
Pero, “En el sueño del hombre que soñaba, el soñado
se despertó”, nos dice Borges en su ficción titulada
‘Las ruinas circulares’ que pertenece a El jardín de
los senderos que se bifurcan. Me pregunto que pasaría si ese hombre
sensible a la belleza, dejara de ser sensible. Existe una necesidad vital
de trasvestir la realidad para rozar una subversión, decadente,
eso sí. Porque el glamour está por encima de todo, pensará
un Félix Fernández que, como Warhol, trata de construir
su propio decorado para reforzar ese anhelo; “sólo quiero
ser algo cuando me encuentro fuera de una fiesta, para poder entrar”,
aseveraba Andy Warhol. Y Félix también quiere su propio
show.
Pensemos ahora en la película The Truman Show, donde el protagonista
es, a su vez, la estrella protagonista de un programa de televisión
de gran éxito, eso sí, sin saberlo. Su vida sirve de argumento
de la teleserie y todo lo que le rodea, ya sean los amigos o su propia
mujer, son falsos, son actores. La ciudad en la que vive, es un inmenso
escenario. En definitiva un mundo feliz a la ‘americana’,
artificial y un tanto hortera. Truman nació ‘en directo’
y casi lo matan ‘en directo’. Lo único que importa
es precisamente eso, el directo, el público, la audiencia. Todo
ello no está muy lejos del exhibicionismo de pasiones que traza
Félix Fernández en un conjunto de fotografías pertenecientes
a la serie 1.000 maneras de dormir tranquilo. Félix escenifica
su propio entierro, su boda arnolfiniana, su sueño... También
como durante el sueño es grabado por una serie de cámaras
de vídeo, como Truman. Nuestro Félix Fernández personaje
también quiere ser un héroe televisivo de la nada.
Félix Fernández, como Truman, comienza a cuestionarse su
mundo, las repeticiones, las coincidencias. ¿Es nuestro mundo perfecto?
Platón hablaba del mundo como representación imperfecta,
una representación conformada a través de nuestra propia
ideología. Truman, al final de la película, lucha por romper
esa perfección aséptica y superficial, se arriesga a un
mundo peor como le advierte su especie de ‘dios creador’;
mientras, su público, tan fiel durante tantos años, simplemente
se pregunta qué ponen a continuación en la televisión:
si no salimos, no existimos.
La cuestión de fondo sería la siguiente: ¿Aceptamos
todo lo que vemos?. El mundo de Truman nos da una serie de pistas en forma
de humor negro: una profesora lo desilusiona al hacerle creer que todo
está descubierto, los carteles de la agencia de viajes muestran
aviones atravesados por rayos que advierten ‘Eso puede pasarle a
usted’... Truman lo acepta, no reflexiona acerca de esas contradicciones,
como nosotros en la vida real que no acabamos de entender que las cosas
no son siempre igual a cómo se nos dice.
Todas las acciones de Félix son producto de una narración
construida, aunque simulen la apariencia de improvisada performance. Una
narración de resistencia ante las citadas contradicciones: “No
es lo mismo ver como viene un tifón de pie que esperar sentado”,
dirá en entrevista con José Manuel Lens. La frase se podría
extrapolar a cómo es nuestra actitud al ver la televisión.
Félix injerta su visión crítica, a modo de deconstrucción
derridiana, en su obra Prime Time, un relato entrecortado que nos señala
una televisión estropeada, falsa y esperpéntica. A partir
de una serie de subidas de tono, de silencios, de amagos y pausas, como
si de un zapping se tratara, Félix Fernández consigue sumir
al espectador en una vertiginosa historia con mensaje claramente apocalíptico,
con pornografías disfrazadas, guerras efervescentes convertidas
en anuncios de refrescos, espectadores de un partido de fútbol
señalados como protagonistas por los propios futbolistas y pitonisas
que nos indican el tiempo que nos espera. En el fondo, como ya señalé,
lo planteado por Félix Fernández es la búsqueda sin
sentido del sentido, la experimentación que nos permita dilucidar
nuestra estrategia, enderezar nuestro camino gracias a un cuestionamiento
de los que nos rodea, de dudar de cada imagen.
Todo en esta obra salió de la televisión como materia prima,
sin embargo, los ojos cínicos de la doble moral periodística
se ciñeron sobre ella en un absurdo ataque censor que me recuerda
a la tontería americana ante la escurridiza teta de la hermana
de Michael Jackson (Janet, creo que se llama) que noqueó la Superbowl.
Así, iba yo de boda cuando veo una página de cultura dedicada
a las tetas (mucho más grandes, eso sí) que Félix
Fernández había arrancado de su corsé como Justin
Timberlake a la pobre Janet, que confesó haberlo ensayado. El texto,
escrito en La Voz de Galicia por Rubén Santamarta, decía
así: “Más de un espectador se ha quedado sin ver los
títulos de crédito, y, sonrojado, ha abandonado la sala
antes de su finalización. Ni al comienzo ni durante el vídeo
se explica que la cinta contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad
del espectador. Tampoco hay advertencia alguna fuera de la sala en que
se proyecta Prime time ni en el vestíbulo en que se anuncia la
exposición. Sólo una referencia en los folletos explica
que el espectador se encontrará con un relato de «mensaxe
claramente apocalíptico, con pornografías disfrazadas”.
Todo bien, salvo que en ese énfasis en el espectador (palabra que,
por otro lado, el periodista repite redundantemente a lo largo del texto),
el medio de masas (seguramente la noticia tuvo muchos más lectores
que espectadores la exposición) no lo tuvo en cuenta al ilustrar
el artículo con la imagen de la actriz porno que tanta inquietud
le provocaba. ¿Qué actitud es más provocadora? Al
final la obra tuvo, si cabe, mucho más sentido, al ver la ambivalencia
moral de la comunicación también por vía escrita.
Félix Fernández tituló aquella exposición
individual para el Centro Torrente Ballester como ‘Descenso’,
advirtiendo que ésta trataba de ser “un punto de conciencia
después del caos, ya que el hecho de declarar un descenso implica
el conocimiento de otro estadio vital superior, ya sea anterior o posterior”,
en definitiva, un declive barroco muy acorde con la inestabilidad del
mundo que vivimos, tan hambriento de certezas.
Así, el cuerpo que siempre exhibe Félix Fernández,
y que es la base de sus trabajos, no es más que la piel del miedo,
del éxito, de la injusticia y, sobre todo de las dudas y de los
nervios de quien quiere ser aceptado por quien quiere ser aceptado. Todo
eso se advierte en sus palabras en la performance realizada en la Sala
San Hermenegildo de Sevilla, dentro del Festival Contenedores 05: "...
espero que los nervios no me traicionen y muestren una imagen equivocada
de lo que soy. El directo es así, un riesgo normal de la auto-construcción
que tenemos de nosotros mismos. Imagínate que me sale un sarpullido".
¿Qué pensarán los demás sobre nosotros? Esta
pregunta resulta constante en la obra o strip-tease de sensaciones que
nos propone Félix Fernández. Todo es una suerte de trompe
l’oeil o maquillaje que acaba por construir una identidad.
Aunque lo escrito aquí no son más que palabras introductorias
a un personaje que lucha contra la imposición y la mentira, capaz
de ironizar sobre la vergüenza social y la necesidad que tenemos
de vencer el tiempo. Félix Fernández emprende un viaje a
las entrañas de su sentimiento consciente de la vulnerabilidad
que sentimos ante la pérdida de un referente. “Cógeme
de la mano y llévame a algún lugar interesante”, dice
en uno de sus trabajos. Y aún así, alguno habrá que
piense que se trata de un excéntrico, cuando nuestro artista no
es más que un raro que sube y baja (raro como bien escaso, claro)
jugando a no dejar de soñar.
| IDENTIDAD
CATODICA: Sobre la obra en vídeo
de Félix Fernández. 2006 |
Javier Duero
Comisario independiente
Conozco a Félix desde hace unos años. Al sujeto y al artista.
No somos amigos, pero hemos sabido establecer unos mínimos códigos
de entendimiento basados en imputs creativos e intelectuales muy agradables
de compartir y, ciertamente, más interesantes que una amistad
convencional.
Sin servidumbres emocionales de por medio, me dispongo a entrar en un
mundo complejo, rico en matices y denso en cuanto a fuentes inspiradoras.
El cuerpo como mapa, el género como consigna de una nueva identidad,
el yo íntimo como ecosistema necesario para la supervivencia,
el medio ambiente de cuya sostenibilidad todos dependemos, los mass-media
y su poder de transformación de las sociedades modernas; estos
son algunos de los temas que ha investigado este artista de perenne
sonrisa y acerada agudeza creativa.
Sin cuerpo no hay persona. El cuerpo es el soporte de nuestra identidad,
y el aspecto físico y la apariencia visual son aspectos que la
conforman. A través de la representación imaginaria del
cuerpo, este queda contextualizado en tiempo y espacio. Hablamos del
cuerpo simbólico, metafórico, mítico, orgánico,
político; de esa visión poliédrica que Félix
aplica a cada frame que dispara con el fín de indagar en una
de sus principales líneas de trabajo, la relacionada con el concepto
de inteligencia corporal y el dominio que ejerce sobre nuestro propio
imaginario.
Nuestro pensamiento, nuestra forma de entender el mundo, es metafórica.
El cuerpo es el complemento en formato soporte para los cambios de identidad,
para el disfraz y el engaño. El arte del performance es una forma
de prestar el cuerpo para construir sobre él distintas identidades.
En la obra en vídeo de Félix Fernández, esta disciplina
cobra especial relevancia, al ser el mismo artista sujeto y objeto de
la acción. Esta se ejerce como hilo argumental de ficciones que
establecen un discurso o idea concreta. No se trata de documentar una
acción, se trata de narrar una historia, casi una forma de entender
la existencia. No se trata de una técnica improvisada y de carácter
experimental, se trata de una cuidada técnica resuelta con una
apariencia de sencillez. Félix no necesita recursos de post producción,
filtros, capas, efectos,etc para hacernos vibrar. Como buen realizador,
sabe que un contra plano o un plano secuencia bien encajado en su guión
resuelve narrativamente una historia. La renuncia al adorno, al efectismo
superficial, a lo kitch, en algunas ocasiones incluso al color, lo convierten
en un artista experto en contar historias intensas desde un minimalismo
formal, que su cámara certifica ignorando esta nueva tecnología
y sus amplias posibilidades de manipulación de la imagen.
Si partimos de la idea que la identidad tiene un componente cognitivo
relacionado con las representaciones sociales, y otro componente afectivo
que supone un sentimiento de pertenencia a los distintos grupos constituidos,
podemos decir que la identidad de un individuo está formada por
una serie de variables que se interrelacionan profunda e íntimamente
entre sí. La sexualidad es el núcleo sobre el que se articulan
cada una de estas variables, con la particularidad de que atraviesa
transversalmente al individuo, constituyéndolo de una forma especial.
El estudio de la identidad sexual en la obra de Félix es multidisciplinar
porque es desde varias perspectivas desde las que se puede obtener una
visión integral de un fenómeno tan complejo. Muchas han
sido las disciplinas que han estudiado la identidad sexual y muchas
las corrientes teóricas que la han abordado. Su influencia abarca
desde los mitos griegos, hasta Freud y Lacan. Si tuviéramos que
definir una característica sobre los trabajos en vídeo
de Félix en relación a este tema, esta sería la
de normalidad y aceptación absoluta del yo. No hay en ellos ni
histrionismo plumífero, ni bandera queer, ni dogma rosa. Con
una honestidad intelectual y transparencia narrativa en la factura de
las piezas que es de agradecer, el artista convierte cada obra en un
statement social, con elementos costumbristas y poéticos.
Estamos en una sociedad de consumo, que define nuevos modos de individualidad.
En el nivel de las grandes masas, portarse bien es consumir mucho. El
índice de consumo es el índice de salud de un país.
El consumo se dirige a individuos tipo, que son la imagen de los consumidores.
Tenemos interlocutores ficticios en la televisión, pero que cumplen
un papel importante para el consumidor. Desde la selva amazónica
o desde la habitación de su casa, Félix nos recuerda la
falta de conciliación entre nuestro sistema de desarrollo y el
medio ambiente, entre nosotros consumidores y nosotros habitantes del
planeta tierra.
Hay una sobrevalorización constante de la imagen propiciada por
los medios. Los que están en la pantalla tienen una forma de
existencia más fuerte, desde un cierto punto de vista, porque
millones de personas los reconocen. De ahí el sentimiento de
que hay que pasar a través de la imagen para existir. La mejor
manera de cautivar a las audiencias es darles la impresión de
que pueden estar en la televisión. De ahí el éxito
de los reality shows.
En su videografía Félix cuestiona el papel de los medios
que determinan ese carácter instantáneo de la comunicación
como uno de los factores que ayudan a la difusión de esa idea
según la cual la historia ha llegado a su fín y no hay
nada más por imaginar que lo que existe. Ese papel contribuye
al sentimiento de desencanto espiritual que hay en las jóvenes
generaciones. No se espera nada del futuro, no hay perspectivas entusiastas,
lo que es sorprendente, porque para él, al fin y al cabo, todavía
tenemos todo por descubrir como individuos. Todo es reversible.
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Textos sobre piezas concretas de vídeo. 2006 |
Carlos
T.Mori
Comisario
y crítico de vídeo
Un espacio nuevo
“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron
en lienzos y aromas, según la costumbre judía
de sepultar”
Evangelio según San
Juan, 19:40
Muestra la imagen de un hombre en la cama con marcas y traumas
depresivos, junto a otros totalmente atípicos (pero acordes
con los hechos vividos en su pasión). Aislado entre sábanas…
A partir de un juego íntimo con las sábanas blancas
vemos al artista desnudo asilado entre esos dos planos flexibles.
Las sábanas dividen la pantalla ocultando y exhibiendo
el cuerpo a través de la tela blanca. Estos fragmentos
de carne, al fusionarse con los pliegues, generan imágenes
de paisajes orgánicos, en los que las sábanas
le acarician como pensamientos que divagan. El latido calma
ante la abstracción del paisaje interior, añorando
los mundos particulares y la intimidad. Paisajes metafóricos
que conviven con sutiles insertos de imagen de una playa, y
en ocasiones, las sobras de palmeras, alejándole del
ruido. Pensamientos que sugieren el recorrido visual dentro
del vídeo entre las arrugas formadas por el trasiego
del cuerpo desnudo.
Pausas sintácticas con las texturas de la sábana.
Tras ver el conjunto, el paisaje, y después, al liberarse
el espectador, éste atiende a los aspectos fragmentados
mediante una salida atrás que sigue la pauta marcada
por las sábanas. El artista aislado en sus sábanas
recuerda a un fantasma, o espíritu sin descanso; o a
un enfermo que se mantiene apartado del exterior; o a un feto
que retoza añorante del útero, de la pureza; y
grabándose como muestra de un acto de afirmación
personal. El espacio de la cama tratado como un agujero por
donde escapar, en parte claustrofóbico, pero que le sirve
al artista/espíritu/paciente/feto para estar consigo
mismo en un aislamiento autoimpuesto y tranquilizador.
Reversible
“El que estaba sentado
ahora frente al señor Goliadkine era el terror del señor
Goliadkine -en pocas palabras era el propio señor Goliadkine-
no el señor Goliadkine que en ese momento estaba sentado
en su silla con la boca abierta y la pluma en el aire; no el
que... -no, era otro señor Goliadkine, totalmente otro,
pero al mismo tiempo muy parecido al primero..."
Fiodor Dostoïevski, “El
doble”
Una reflexión sobre el intento de desaparición
del narcisismo (lo más primitivo del psiquismo del ser)
donde, a través de una performance íntima en un
cuarto de baño, el mismo artista se desdobla agrediéndose.
Quien antes había sido amado tanto, ante el desprecio
de los demás, se acaba separando, evitándolo e
intentándolo matar para reintegrarse en la sociedad.
Pero, así mismo, reconociéndose en lo primario
donde se lucha por la propia identidad que acaba consolidándose
o muriendo.
El individuo está tan educado para huir del otro hasta
el punto de no mirarse en los espejos, por miedo a reconocerse
como otro. Pero, paradójicamente, la identidad es construida
por reflejos de esos otros.
El propio artista se observa a sí mismo, afeitándose
ante el espejo, y el reflejo ha cobrado entidad, sentado tras
él. La aparición del doble suscita sentimientos
de extrema violencia. Incluso antes de verlo por primera vez
se percibe algo, luego, cuando se reconoce en otro hombre, se
produce una situación angustiosa, erizado, asustado llegando
incluso a dudar de su propia existencia.
Pero la verdadera función de su doble consiste en ser
diferente: "había en todos sus gestos algo humillado,
asustado, aterrorizado, al punto que en ese momento se parecía,
si se nos permite la comparación, a un hombre que, carente
de un traje propio, lleva puesto el de otra persona."
Y se acaba comportando como un hombre amargado por remordimientos
que inmediatamente le hacen culpable ante y hacia el otro. Lo
que inicia la lucha de sí consigo mismo. Doblegar al
doble es doblegarse a sí mismo. La impotencia de una
pelea sin fin le llena de desesperación refugiándose
en el agua, purificándose, hasta que el otro lo asume
y acoge, fundiéndose en un abrazo (bajo la ducha).
MIMEOMAI
“Pienso que la selva le había susurrado cosas
sobre sí mismo que él no conocía, cosas
de las que no tenía idea hasta que las consultó
con aquella enorme soledad.”
Joseph Conrad, “El
Corazón de las tinieblas” Juventud. Barcelona
1990: 96
Mimeomai, palabra griega de
mimesis. Una experiencia única en la selva Amazónica
que genera una catártica identificación con el
entorno. Una performance en la que el artista intenta hacerse
uno con la selva. Intenta generar la posibilidad de una experiencia
estética, de una limpieza de un alma inscrita en el primer
mundo, una experiencia primitiva, escapando, escondiéndose,
mimetizándose.
Su figura es contemplada a lo largo del vídeo, apareciendo
más como ausencia que como presencia. Un ser misterioso
en una atmósfera opresiva y agobiante como igual a la
selva, como sombra. Aunque lo que capta la atención es
el blanco de sus ojos, y de sus dientes, y el negro pelo. Lo
blanco en medio de la selva es un obstáculo en el acceso
al conocimiento de la materia virgen. Un animal más,
blanquito, indefenso, atrapado en la inmensidad del Amazonas,
sintiéndose excluido por la misma naturaleza. Por lo
que el artista muta y se convierte en el corazón de la
selva, como una sombra más, que insufla o vampiriza vida
a los árboles, adaptando sus figuras, tocándolos,
moviéndolos, uniéndose a ellos, mimetizándose.
Pero, aun así, debajo de esa pintura verde sigue estando
la civilización, el blanco colonizador, una mentira necesaria
bajo la que siempre late agazapada la verdad de nuestro verde
primitivismo. Lo primitivo oculto por capas de roles y educación
pero íntimamente constituyente de la persona. Es decir,
la experiencia misma con lo salvaje exhibida como un acto purificador;
el artista como alma primigenia: enfrentado realmente a una
serie de presencias naturales ante las que se desvanece el sentido
y se disuelve la artificiosa civilización.
Prime Time
“Desde esta perspectiva,
por tanto, hasta cuando se ve expuesta, por ejemplo, a escenas
perturbadoras de violencia y sexo en la televisión o
en las películas, existe la posibilidad de abordarlas
con la conciencia de que causan efectos dañinos y, en
lugar de sentirse totalmente abrumada por lo que ve, puede tomar
tales escenas como una especie de indicador de la naturaleza
nociva de las emociones negativas no controladas.”
Dalai Lama, “El arte
de la felicidad”
Parodia del zapping televisivo.
Política, sociedad, cine, videoclips, videntes, pornografía,
futbol y teletiendas componen este poliédrico mural mediático
de Félix Fernández. Un flujo continuo fragmentado
con el propio ruido del zappeado, y la subversión de
los contenidos trastocados, genera un cúmulo de esperpentos
que obligan escapar y refugiarse en lo íntimo.
Es indudable que la televisión atrae, esté donde
esté siempre recibe alguna mirada. Más aún,
si tiene una gran cantidad de movimiento y colores brillantes
la mirada se posa más tiempo. Esta pantalla se aprovecha
de una atención completamente desinteresada, una mirada
vacía, convirtiéndose en la ventana de nuestras
experiencias con la realidad. Aunque nos da una opción
de aparente libertad, cambiar de ruta a nuestro antojo, mediante
el zapping.
El entretenimiento popular en su momento fueron los circos,
las ejecuciones e inquisiciones públicas, los estadios,
en la actualidad, la radio, el cine, la televisión e
internet. Con estas gratificaciones el televidente se convierte
en vampiro que succiona deseos ajenos para escapar de su propio
vacío inmortal. (El individuo abducido por la pantalla
es presa fácil del ruido mediático. Uno ya es
un ser binario, toma una de las dos posturas exclusivas en los
debates televisuales)
Esta aparente flujo indiscriminado de imágenes (y sonidos),
en las que se puede renunciar al pensamiento crítico,
producen una vertiginosa historia apocalíptica que cuestiona
todo lo que nos rodea, y que ayuda a dudar de cada una. Produciendo,
en primer lugar, la desmitificación de la mismas y su
consecuente separación de la realidad, y en segundo,
la confusión y despreocupación ante los referentes
creando un desquiciamiento mental completamente efímero.
Sin embargo, el artista es consciente de que “Prime Time”
es un comentario lúdico, puntual y efímero cuestionando
los decadentes arquetipos actuales, cuya máxima ambición
está enfocada hacia los íntimos.
Ensayo nš1: sobre la creación
“Vuelve a tu soledad, hermano, y llévate tus
lágrimas. Yo amo a quien quiere crear algo superior a
él y por ello perece.”
Friedrich Nietzsche, “Así
hablo Zarathustra”.
A partir del tema “Karma
police” de Radiohead (y de un texto de Friedrich Nietzche),
un día de verano el artista improvisa una danza. Cámara
fija, encuadre estático, su habitación. Él
vestido con unos calzoncillos blancos e imágenes de su
archivo personal. Un ritual particular de limpieza de recuerdos
almacenados: potenciales memorias del entorno inmediato en grabaciones
que nunca se miran, salvo cuando se quiere compartir y olvidar.
El artista, en el vídeo
“Ensayo nš1: sobre la creación”, descubre
en su desnudez su territorio interior, tanto a través
del baile como de los insertos de paisajes exteriores, a modo
de sentimientos: una manguera suelta que se mueve impulsada
por su propio chorro de agua, una tormenta que se fragmenta
y progresa, el mar (siempre el mar como añoranza), y
un coche quemado que retira la policía. Tanto él,
como sus grabaciones se perciben momentos de inestabilidad.
Momentos que forman parte de una búsqueda del camino
que le conduzca a sí mismo a través de facetas
propias que progresivamente va descubriendo.
Retirado a la soledad y perdido de sí mismo, por un minuto
demuestra su derecho y fuerza para tentar empresa semejante.
Ansiando, con curiosidad, ver lo que ven los demás a
través del fuego de las hogueras, de los momentos de
tensión exterior que se cruzan en su danza personal,
en el reconocimiento de su cuerpo, en el acto creador. Una autoexigencia
feroz, dando lo que puede aún sabiendo que no es suficiente.
Pero en su creación desde la intimidad, como hemos podido
apreciar en otros trabajos suyos, el peor enemigo que le puede
salir al paso será siempre el mismo.
Una lucha individual por su propia perfección y reconocimiento
en la sociedad, donde las experiencias pasadas marcan la pauta.
Un reto y retiro solitario, con su amar y su crear; al que mas
tarde le seguirá la justicia remisa. Una silueta, su
propia biografía, que nunca acaba de concluirse, siempre
es duda.
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En
la búsqueda del lugar de mi cuerpo: las novelas
de final-comienzo-final de Félix Fernández.
2006 |
Xosé Manuel Lens
Comisario e crítico de arte
MI cuerpo se dispone abierto, amplio y controlado. Es una topografía
que se sirve del viento para oscilar, de la periferia para esquivar,
del tiempo, de la tierra, de ese biombo de lo social en el que
exteriorizarme con piel y actitudes. Cada uno de los trabajos
que ejecuta Félix Fernández recogen un lugar del
cuerpo en el mapa de lo social, del exterior, pero desde un
posicionamento interior. Su tiempo, lúdico y constante,
engaña y dispersa en trabajos de fotografías,
performances, vídeos y instalaciones, también
esculturas, alimentándose en lo más profundo de
la duda, de la vida, de la tempestad de una caída sin
salvación aparente. Posiblemente antes de acabar este
texto, deje de pensar que la decadencia sirve de perfil de seguimiento;
por ahora gozo pensando en el brillo de la pasión, del
drama, sigo respirando a golpes mientras baja un telón
de un teatro donde actuó un agente de derrotas, duda
de narraciones. La narración y la dramaturgia.
Sin pretender escapar de una etiqueta de arte corporal, que
también, hoy pensamos en la doctrina del escritor contracorriente,
crítico, en ese posicionamiento que instruye el mejor
logro del accidentado, del impulso abierto y fusionado entre
la voluntad de exteriorizar y la de pulsar en el lenguaje personal.
Parte a parte, primero el cuerpo, luego los adjetivos, los pronombres,
los adverbios y demás enlaces comestibles. Parte a parte;
fragmentos narrativos posados en entregas temporales, recreadas,
ideas desde un guión y proyectadas de una manera controlada,
con el único testigo de mi cuerpo. Son las posiciones,
las lecturas y las interpretaciones las segundas miradas de
este itinerario; hoy me presento delante del espejo mientras
me observo detrás del espejo, mientras curioseo mi espalda.
Me vuelvo reversible, de dos formas; hoy escarvo en un terreno
de propietarios, en la noche; hoy guardo mi vigilancia, blindado
por los cuatro puntos cardinales; hoy imagino una fiesta branca,
para luchar en la colectividad; hoy el mapa de mi anatomía
parece un caja negra, a la espera de ser abierta, deambulando
por la trayectoria, llamada carrera creativa. Quizás
hoy, de nuevo, el protagonista comprenda la causa de mi duda:
dónde reside la incerteza?
“Por los brazos, y también por las piernas
y, si no, por la cabeza,
la cámara capta el momento.
¿Qué pasa que ya no me miras?
Con golpes y audacias
cae en lo que pasa, cae y arrástrame.
Desde el ángulo,
en la encantadora superficie,
siguiendo el contorno cruel, cae y pasa”
Virgilio Piñera. La Isla en peso
Deterioros, erosiones, destrozo, culpa y capturas; ni vigilias
ni resignaciones. La causa del deterioro bebe en tus constantes
vitales; en los sentidos, en los mitos de los que necesitas
esperar: La narración, la lírica, la harmonía,
de la perfección o la beleza. En su captura reside hoy
la dirección de los que te observan como artista. Por
eso, Félix intenta que todo se proyecte desde el intento,
desde esa sensación del que pretende ser, del hombre
que trabaja a diario mientras ponen etiquetas que ir cubriendo,
que ir superando. Por eso mismo, quizás, no pensamos
en obras individuales, y sus agrupamientos de piezas en series
condensan esa, aparentemente, instantánea del lugar del
ser humano en la vida y en las posibilidades de la vida. El
lugar y lo humano; el escenario y el personaje. El artista y
la profesión. Insisto: queda un tiempo para esquivar
las etiquetas, e incluso otro que no tiene miedo de ellas.
Imaginamos un guión establecido, Cajas negras, desde
un esbozo que rodea la actuación del ser humano, de sus
vestigios y protagonismos secundarios, grabados y reproducidos,
desde una muestra —con fecha y espacios concretos—
que es una escenografía que se abre para disponer las
dudas y los deseos, las causas y los satélites, que hoy,
mientras escribo, pasea o golpea, alimentan mi cuerpo, mi caja
negra.
Desde hace tiempo pienso en mi cuerpo, mientras marco de herida
mi nariz y me instalo delante de una cama con mujer cantando
o policías vigilando; golpeo mi cuerpo, sin tatuar, sin
marcar, para dejar que sea lo que me rodea, donde hoy actúa,
el que envía mensajes a los espectadores. Sin besos para
un entorno sugestivo. Rodeas tu cama apuntalando sus partes,
para siempre fragmentadas, después recuperas esa misma
polaridad para la instalación del vestigio, de la metáfora
de la fractura, de esa vigilancia sin guardas, sin esquinitas,
ahora con vallas de obra. Sentimientos de pérdida, de
almacenaje y memoria, quizás no muy distantes de trabajos
de Félix González-Torres o Pepe Espalíu,
en ese encuentro detallado-impulsivo con la metáfora,
con la prolongación de la escultura que recrea una experiencia,
incluso recogemos a Robert Gober sin antes dejar de etiquetar
un cuerpo ausente, pensativo, con las botas manchadas, en el
medio de una sala, delante de un ventilador, mientras escuchamos.
“El control corporal constituye una expresión
del control social.
Ya ha caducado la época de los héroes y de las
visiones inamovibles e inalterables, ahora tan solo encontramos
sujetos, un tanto derrotados y faltos de certitud, en busca
de nuevas representaciones”
José Miguel García Cortés, Paseos entre
el amor y la muerte
Una de las características por las que actúa mi
cuerpo sucede en la narratividad, en ese fragmento de sombra
que las obras trasladan y trasladan, implicando al espectador
desde posturas de literalidad y simbología. Por eso,
Cajas negras hace referencia al argumento del resumen, del grupo
de obras que se organizan deliberadamente para resultar públicas,
que se agrupan bajo el denonimador común de una misma
signatura; ese estado intermedio que siempre dispone la novela
de capítulos abiertos, como le sucede a los diarios,
que se nombran para resultar presente, puro presente. Los argumentos
de Félix Fernández derivan de esa parcela de lo
personal, que evoluciona con la obra y sobre la que dispone
esos destinos de margenes casi accidentados, casi precipitados.
La caja negra mejor dispuesta es siempre mi cuerpo, sobre lo
que vengo disponiendo mis dudas, mis deseos.
La Fiesta blanca, la celebración de lo excepcional y
de lo do cotidiano. Los márgenes de realidades que se
llenan desde lo social; son esas fascinaciones imaginadas, desde
lo aparentemente elegante, desde un pasado recreado de música
y ambiente.
Recorro mi cuerpo, vigilado, blindado. Recorro el perímetro
de mi vida, mientras voy nombrando cada uno de los polos, este,
sur, norte y oeste que dibujan las cuatro partes que marcan
mi contorno. Uno, dos, tres y cuatro lados; quizás pensamos
en esa medida de Leonardo alcanzando las proporciones del ser
humano, quizás en Klein disponiendo del absurdo, como
Nauman, como quinta medida; ya no se definen grandes cálculos,
ni grandes consquistas. La medida, el control, sigue siendo
la faceta de mi cuerpo que demanda la sociedad, creando un escudo,
creando un paño de imagenes, como antes de policías,
para ser observado, para estar blindado; siempre me queda la
anatomía para intentar, nunca para alcanzar, queda como
ensayo, prototipo.
Las mil maneras de dormir tranquilo que rodearon una serie de
fotografías, sirvieron para conformar, como vamos comentando,
una voluntad fuertemente narrativa, de un actor y de su espacio.
Un contexto, siempre un lugar en el que alterar la mirada del
espectador, pero siempre un mismo protagonista. Repaso esas
miradas sobre el cuerpo sin el testimonio de la pubertad, pero
con la conquista diaria del que se alimenta de dudas e intentos
y se traviste para liberar(se), en ese encuentro milimetrado
de la topografía de un cuerpo, debajo de las sábanas,
delante del paisaje verde, al lado de un matrimonio Arnolfini.
Yo y yo mismo; yo y mi proyecto espejo; Yo y mi ficción.
Por eso también repasamos las recuperaciones de sus propios
cuerpos como materiales, como canales bocetados, en Carolee
Schneemann, Ana Mendieta, Dieter Appelt o Vito Aconcci, en John
Coplans, Pierrick Sorin; en Álex Francés, Lucas
Samaras o Ixone Sádaba.
Encontramos nuestro lugar en el espacio que no domine, de la
misma manera que revolvemos la búsqueda de un libro imaginado
o soñamos en la búsqueda de un manifiesto de verdad.
La búsqueda del lugar. Permanencia, en esa relación
del ser humano con su tiempo hecho tierra, con su lugar de búsqueda.
La captura de una respuesta, de una explicación, ese
escavar constante, con el auga a media pierna mientras seguimos
sacando tierra y lodo. Golpea en la espalda la ruína
del pasado, que hoy existe como escenografía el la noche.
La ruína, la erosión; no resulta casual que pensemos
en el descenso, en la caída, en la perforación
sobre una tierra que nos recoje para seguir. Esa memoria que
se instala en la caja negra. El vídeo que reconoce esta
Permanencia piensa en la mirada desde lo poético, insistiendo
en esa narración de un mes de duración, mientras
cuerpo y tiempo, ruína y vestigio, cuando se entrega
al desgaste.
Las obras de Félix Fernández existen desde el
sentimiento de formar una complejidad escenográfica;
alos de un componente mayor. Por esa misma razón, cada
muestra o instalación se examina cuidadosamente para
elevar los graos de intención dirigida al espectador,
al visitante. De este modo una cama aislada controla la mirada
del público cuando entra en la sala, luego la bipolaridad
de lo visual (cuerpo, agua y paisaje), del mismo modo de Blindado
conforma la visita únicamente con la partida ganada de
la impaciencia y el logro del guión de comienzo y fin-comienzo.
Ese reverso, como en las proyecciones de vídeos, donde
se simula la lucha humana de Goya sobre un espejo horizontal,
en la superficie abierta. Serán sus obras prototipos
antes que esculturas, fragmentos y medios, vídeos o monitores
instalados, o construcións para albergar.
Tengo que reconocer que cuando comencé este texto puse
a mi lado unos libros con la intención de consultarlos
y que me fueran avisando de sus interiores, que me sirviesen
de pilares en busca de algún posible vacío. Porque,
tengo que reconocer, que identifico la obra de Félix
con mis propias lecturas, con mis obsesiones diarias, que en
vez de formalizarlas en fotografías o performances, me
quedo buscando explicaciones en lectura y hechos. Porque pienso
que la produción de este narrador, como quien echa mano
de la interpretación del cuerpo diario, como quien se
limpia, ducha o come, pensando en una prolongación de
la obra cercana a la vida, a lo cotidiano. Después él
se encarga de limpiarla de excedencias y presentarla en una
voluntad referencial, argumentada, crítica y activa;
ahí toca mi lectura de esta mañana, repasando
a Goya y Leopardi.
“Me dejo caer ante el juicio de los espejos.”
Carlos Negro. Héleris
Y mira que la escenografía hizo pensar en máscaras
y telúricas membranas que se disponían sobre la
verdad! La plena sinceridad de este autar reside precisamente
en esa intención de narrar desde su propio cuerpo, sus
espacios de vida, sus argumentos de duda, de trabajos. Reconstrución
en negro, como Reversible, se pegan como segunda piel a la obra,
en esa dualidad del espejo y el protagonista, en los espacios
interiores; las huellas dactilares sobre la cara, los trazos
que me conducen e identifican por la calle. Dedo y huella, firma
de lo personal, refuerzo de la intención sincera.
Y mira que tu escenografía sabía de lugares comunes,
siendo en este momento, mientras recorro la caja negra de color
del paisaje íntimo vuelto del revés, mostrando
el lado esagerado, alterado, el lado del antiheroe, del que
protagoniza su propia exposición prolongando su propia
vida, la experiencia de los años. En la sala de autorretratos
en obxectos, en esa autoficción que se reviste de biografía,
de Lugo, Viveiro, Celeiro y Madrid, que se reviste de carne
y piel. En definitiva, la escenografía antes que la exposición,
y la ficción antes que la escritura, de la novela de
unos años antes, mientras y durante el 2006. Miradas
Virxes, Latitudes, Plugged Umplugged o Malas Artes; Feedback,
Observatori o Lengua blanca; retazos de escalas de parada y
alimentación, en la pensión del arte de impulsos.
Las cajas negras como elementos de inevitable referencia aérea,
que guardan la memoria del traxecto, de un determinado viaje;
son archivos nómadas de dirección inevitable:
guardar para el futuro. Hoy es presente y el protagonista es
mi cuerpo, que transita y recorre lugares, espacios de incertidumbre,
en esa dimensión que marcan los lugares por conocer,
las experiencias por vivir, todo con el suspense de ir trenzando
lo vivido y lo transitado; el cuerpo que habita y duda. Estado
intermedio.
Antes pensaba en el presente, antes, como propia partícula
que define el comienzo de estos parágrafos escritos en
trozos de escritorio, de cocina y biblioteca, de pasillo y ventana,
rodeado de dos gatas y un paseante, a partir de ahora, que finaliza
este capítulo de varios días, pienso en un actor
formándose, articulándose, ensayando. Quizás
sea algo obvio, fácil de comprender, echar mano del alimento
del contorno para llamar a la puerta de lo inmediato. Quizás
sea esa la forma de trabajar de Félix Fernández,
sincero proyecto en proceso. Un autor que, por cierto, nació
mirando al norte, donde Lugo pierde su línea de tierra
llana, y que, también por cierto, encontré una
tarde mientras regresaba de comprar una edición antigua
de uno de esos libros que recuerdas siempre, Las flores del
mal. Por eso siempre identifico a Félix con las tardes,
siempre pensando que algo de poeta, de murmullo contracorriente,
de cuerpo emocionado, de narración quebrada, de nómada
de arte-vida, tiene este escritor de narraciones, de autorretratos.
Intentos, quizás.
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| El
descendimiento de una estrella disfrazada de gestos. |
David
Barro
Comisario de la exposición "Descenso" en el Centro
Torrente Ballester de Ferrol
“…como alguien que habiendo bebido y comido con exceso, acaba
vomitando entre grandes espasmos y se siente al final aliviado, así
anhelaba el insomne Siddhartha, víctima de los embates de su repugnancia,
liberarse de aquellos placeres y costumbres, de toda esa vida absurda
y, por supuesto, de sí mismo.”
Siddhartha,
Hermann Hesse |
En una entrevista realizada a Christian Boltanski, éste reflexiona
sobre la santidad tomando como punto de partida a Andy Warhol. Warhol
se convierte en santo en tanto que se autodestruye a favor del arte, pasando
a ser un objeto artístico, una máquina que hace lo que los
demás esperan o desean. La Factory pasaría así a
ser un templo desde donde Warhol se aniquila en un concepto superior;
en su intención de alcanzar la celebridad, renuncia a parte de
su pasado, de su vida.
Las obras de Félix Fernández funcionan a modo de documentos
sociológicos de una conducta determinada, como oposición
a la imposición, como busqueda de un sentido. Asi, parten del conflicto
entre el individuo y sociedad para activar una maraña caleidoscópica
de sentimientos, rozando la esquizofrenia visual. Como Warhol, construye
su propio decorado para reforzar su anhelo de 'glamour'; "sólo
quiero ser algo cuando me encuentro fuera de una fiesta, para poder entrar"
contaba warhol. Como éste, Félix Fernández dirije
su mirada hasta un lugar concreto, familiar, para darle luego un susto
y someterla a algo inesperado, en cierto modo, diría que traviste
esa mirada para rozar lo subversivo y decadente.
Si pensamos en su obra Prime Time, advertimos como en ella nos enfrentamos
a un relato entrecortado que nos señala una televisión estropeada,
falsa y esperpéntica. A partir de una serie de subidas de tono,
de silencios, de amagos y de pausas, como si de un zapping se tratase,
Félix Fernández consigue sumir al espectador en una vertiginosa
historia con un mensaje claramente apocalíptico, con pornografías
disfrazadas, guerras efervescentes convertidas en anuncios de refrescos,
espectadores de un partido de fútbol señalados como protagonistas
por los propios futbolistas y pitonisas que indican el tiempo que nos
espera.
En el fondo, lo planteado por Félix Fenández es una busqueda
sin sentido del sentido, la experimentación que nos permite dilucidar
nuestra estrategia, enderezar nuestro camino gracias a un cuestionamiento
de lo que nos rodea, de dudar de cada imagen. Tal vez, por todo eso, titula
esta muestra para el Centro Torrente Ballester como 'Descenso', una nueva
aventura de vigilantes convertidos, de banalidades, decadencias y cuestionamientos
patriarcales o arquetipos vencidos. Él mismo confiesa como todo
eso no es más que un "punto de conciencia después del
caos, ya que el hecho de declarar un descenso implica el conocimiento
de otro estadio vital superior, sea anterior o posterior", en definitiva,
un declive barroco muy acorde con la inestabilidad del mundo en que vivimos,
cada vez más oculto en una foresta ornamental que no permite ver
verdades absolutas.
| Félix
Fernández: narrando el espejo |
Xosé Manuel Lens.
Santiago de Compostela, 2004
La realidad de la videocreación gallega, como postura y lenguaje
en plena normalidad, que no reciprocidad, se localiza en un crecimiento
de difícil catalogación, con nombres y obras en un alto
nivel. La videocreación, como ninguna otra área creativa,
posee esa doble vertiente de medio de plena moda, por lo tanto muy cuestionable,
y otra postura de ideología personal, integrada en la trayectoria
de un determinado autor; en este apartado localizamos a Félix Fernández.
En Galicia esta bipolaridad se complica más, todo se distribuye
en una serie de nombres que comienza a asentarse en su lenguaje y, por
otra parte, las obras de otros autores que se agrupan en una carrera profesional
que emplea el formato vídeo como un ejercicio más de su
imaginario. Quizás sea esta última modalidad la que mejor
resume la tendencia visual actual peninsular.
Un panorama donde sobresalen los impecables trabajos de Félix Fernández,
luchando desde fuera de nuestras fronteras, con destacadas presencias
individuales, como la realizada en el ciclo Miradas Vírgenes y
una importante selección en colectivas como Injuve, Plugged Unplugged,
Novos Valores, Doméstico’02, “En torno al cuerpo”,
“Emergencias”, Malas Artes´03, o el primer premio en
el III Certamen de Artes Plásticas de la Diputación de Ourense,
entre otras citas. Su obra se basa en la reflexión corporal, donde
es parte y protagonista como pauta de sinceridad. Félix se descubre
en una anatomía lírica, extremadamente narrativa, por momentos
simbólica, queriendo enseñarnos los dispositivos de comunicación
en el territorio interior, siempre inestable; como el mismo reconoce,
una “búsqueda pormenorizada de mi yo no reconocible. Ansia
curiosa de ver lo que ven los demás”.
Su obra goza en una expansión de fotografías y vídeos,
en ocasiones digeridas en performances, extrañamente teatrales,
en un minimalismo desbordado; ceremonias y tramos narrativos de una filosofía
de acercamiento a la identidad. La creación de Félix Fernández,
radicalmente implicada en un asentamiento social desde una plataforma
intimista, recrea la lucha desde el protagonista, actúa de instrumento
de perfección autosocial, fuertemente autobiográfica. Un
paisaje de habitaciones, corredores, aseos o simples paredes con micro-historias
de heridas abiertas, ensayos fuera de los estereotipos conscientes, esencias
de memoria y voluntades de archiperfecciones. Las caídas poéticas
en su obra son pretextos de dudas sociales, no resulta casual que su primera
exposición individual llevase por título “Descenso”.
Situar al espectador en un lugar de primer diálogo, de presencia-flash,
así quiere que vayan sucediendo sus ceremonias. Descenso o archiperfección,
quizás solo la situación de nuestro cuerpo en la mente y
en el suelo, en nuestra identificación con el espejo, con el referente,
con el ejemplo temporal y contextual. Quizás la silueta, nuestra
biografía nunca acaba de concluirse, siempre es duda.
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